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Con
motivo de la celebración de los 50 años de
sacerdocio de Juan Pablo II, Anton Luli, sacerdote jesuita
albanés, contó al Papa su experiencia bajo el
régimen comunista (L'Osservatore Romano,
15-XI-96).
(...) Acababa de ser ordenado sacerdote cuando
a mi país, Albania, llegó la dictadura comunista y
la persecución religiosa más despiadada. Algunos
de mis hermanos en el sacerdocio, después de un proceso
lleno de *****dades y engaño, fueron fusilados y murieron
mártires de la fe. Así celebraron, como pan
partido y sangre derramada por la salvación de mi país,
su última Eucaristía personal. Era el año
1946.
A mí el Señor me pidió, por el
contrario, que abriera los brazos y me dejara clavar en la cruz
y así celebrara, en el ministerio que me era prohibido y
con una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo,
mi Eucaristía, mi sacrificio sacerdotal.
El 19 de
diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de
agitación y propaganda contra el gobierno. Viví
diecisiete años de cárcel estricta y muchos otros
de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel gélido
mes de diciembre en una pequeña aldea de las montañas
de Escútari, fue un cuarto de baño. Allí
permanecí nueve meses, obligado a estar agachado sobre
excrementos endurecidos y sin poder enderezarme completamente
por la estrechez del lugar. La noche de Navidad de ese
año -¿cómo podría olvidarla?- me
sacaron de ese lugar y me llevaron a otro cuarto de baño
en el segundo piso de la prisión, me obligaron a
desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo las
axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con
la punta de los pies. Sentía que mi cuerpo desfallecía
lenta e inexorablemente. El frío me subía poco a
poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para
parárseme el corazón, lancé un grito de
agonía. Acudieron mis verdugos, me bajaron y me llenaron
de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad
de ese primer suplicio, viví el sentido verdadero de la
Encarnación y de la cruz.
Pero en esos
sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la consoladora
presencia del Señor Jesús, sumo y eterno
sacerdote, a veces, incluso, con una ayuda que no puedo menos de
definir "extraordinaria", pues era muy grande la
alegría y el consuelo que me comunicaba.
Pero
nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me
robaron la vida. Después de la liberación, me
encontré por casualidad en la calle con uno de mis
verdugos: sentí compasión por él, fui a su
encuentro y lo abracé.
Me liberaron en la amnistía
del año 1989. Tenía 79 años.
Esta es
mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una
experiencia, ciertamente, muy particular con specto a la de
muchos sacerdotes, pero desde luego no única: son
millares los sacerdotes que en su vida han sufrido persecución
a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias diversas, pero
todas unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una
persona que ha conocido el amor; el sacerdote es un hombre que
vive para amar: para amar a Cristo y para amar a todos en Él,
en cualquier situación de vida, incluso dando la vida.